Thursday, December 4, 2014

La Rosa Hedionda










El sol de la tarde se reflejaba plateado y brillante sobre las aguas azules del mar, el cual podía verse desde el balcón en la casa de Caro. Cercándome a un costado, los cerros, salpicados de casas de colores con plantitas en las ventanas y ropa secándose con el aire salitre. Al mirar abajo desde el balcón, estoy suspendida justo encima del patio español de una casa antigua, donde un perrito color marfil duerme siesta sobre las baldosas blancas y rojas encandiladas por el sol.

Ese día de primavera, Valpo estaba inusualmente caliente y no hubo que ponerse bufanda ni medias. Frente a mí, se veían las personas subiendo y bajando por la calle Yerbas Buenas, con bolsas que me imagino llenas de frutillas dulces y hallullas recién horneadas, de las que venden en Bellavista al pie del cerro.

Ahí, rodeada de cosas y escenarios sin ninguna importancia aparente, me pregunté por qué me gusta tanto Valparaíso. ¿Qué es lo que siento en este puerto del cual regreso cada semana a Santiago con una plenitud inexplicable? No me ha pasado nada extraordinario en Valparaíso, pero allí he tenido mis momentos más maravillosos en Chile.

Cada semana, al bajarme del bus, voy directo donde la señora que vende nueces afuera del terminal, le compro una bolsa de maní japonés y me lo como mientras camino sin rumbo hacia los cerros. Casi nunca escucho música cuando camino por la Avenida Pedro Montt,  porque al tiro me saco los audífonos para agacharme a acariciar los gatos en las puertas de las tiendas y escucharlos ronronear. Al llegar a la plaza Aníbal Pinto, siempre me siento a enrollar un cigarro y de repente llega uno que otro perrito. Les acaricio la guatita, los regaloneo y me voy curando. El trote infinito dentro de mí disminuye el paso y no busco nada más. Voy sanando. 

Veo una gatita, recostada en el filo de la cuneta y voy como imán directo a acariciarle la cara, los bigotes, la barbilla, y veo que tiene algo duro clavado en el quijada. Un señor parado al frente me dice que es un tornillo del accidente que tuvo la gata hace un año ya, cuando la atropelló un carro mientras cruzaba la calle detrás de una paloma.  “Fueron noventa mil pesos, su operación. Pero entre todos los vecinos nos juntamos y buscamos la plata, y ahí sigue con nosotros, nuestra regalona.”

Sigo caminando y veo al señor que vende aretes, los cuales pincha en una sombrilla negra abierta a la que da vueltas, haciendo que las plumas multicolores con las que están hechos se muevan suavemente. Le compro un solitario y me adorno la oreja con dos piedritas de turquesa, una pluma de codorniz y otra de pavo real, me voy llenando de belleza.

Al subir a los cerros, el silencio es instantáneo y maravilloso. Tan encantador que ignoras la orina del borracho ya fermentada en la esquina del pasaje y la caca de perro que parece pulular por debajo del pavimento. Me limpio el zapato y da lo mismo porque nada puede dañar lo profundo. De repente me siento que vuelvo a tener cuatro años, cuando todo era simple y solo notaba los colores. Las paredes grafitadas en Urriola, las casas pasteles en Templeman, todas son momentáneamente mis casas de muñeca y estoy allí, como una niña, jugando a perderme e imaginándome en cual de estas casas me casaré, tendré hijos y la llenaré de flores.


Me asomo curiosa a la tiendita cerca de Lautaro Rosas a ver de que dulce me antojo, y el abuelito siempre me saluda, aunque no le compre nada. Al llegar arriba, a la cúspide donde está la rotonda vestida de adoquines, el cielo no tiene una nube y el sol quema fuerte arriba, como nos cantó Violeta. Siento arder más que mis piernas por el recorrido, respiro con dificultad, con intención y resuelvo sentarme a tomar un café malo y recargar energias para seguir vagando. Vagar, vagar, vagar…vagar por estas calles infinitas que me acuerdan lo vasto que puede ser el camino, si uno no le pone trabas, lo mucho que se puede llegar a sentir. Me percato de que este lugar etéreo me quita del biombo que cargo a diario, aquí mi boca permanece entreabierta en todo momento mientras me nutro de los cerros fecundos, redescubro la magia, dejo de tener prisa...vuelvo a ser niña. 

El otro día, mientras miraba un libro con las fotos de Valparaíso que tomó Sergio Larraín, el editor describía como en aquellos tiempos Valparaíso era una rosa hedionda, un pueblo hermoso pero plagado de desgracia. No sé a qué se refería, pero a mí no hay lugar que me huela tan maravilloso.

Saturday, August 23, 2014

Plurrio vino de visita






Amaru me dijo anoche, aún entre sueños: plurrio no me deja dormir. La ventana de la sala estaba abierta y el piso debajo de mis pies frío como la loza. Se me encogió de repente el pecho y corrí rápido a meterme debajo de las sábanas. ¿Plurrio?

A los pocos instantes, tía me llamó para decirme que habías salido. No tuvieron que decirme más, porque ya supe que te habías ido al lugarcito ese que te gusta, donde tienen la televisión pequeña en la esquina, siempre dando pelota, donde sirven el brandy fuerte sin hielo, que te hace arder el esófago mientras te endulza la lengua. Más de una vez te acompañé a ese lugar, y cojimos las guitarras colgadas en la pared para tocar esa canción de Ibrahim Ferrer y Omara Portuondo. En ese lugar se desayuna sandwich de huevo frito con Fanta de piña y se escucha merengue desde que sale el primer rayo de sol.

Saliste tan rápido anoche que no pude contarte de mi nuevo hogar. Tenías razón cuando me dijiste que me iba para el sur y no me volverías a ver. Qué rabia me da cuando tienes razón, viejo impertinente. Santiago es lindo pero la comida es mala. Creo que te gustaría la cueca. Aquí el aire es frío y me trizó los labios, y te tengo envidia porque sé que donde estás está tan caliente que ya tuviste que desvestirte la calva. La palmera de la que estás recostado da una brisa rica y cálida, que juro ahora mismo me acaricia el pelo alrededor de la cara. Pero no me hagas caso, que son vainas mías. Uno se agarra de cualquier cosa para estar allí contigo.

Estoy contenta porque saliste de tu claustro, que poco a poco te apagaba la voz y te quitaba el aire. Te fuiste digno, ergido hasta dar el último portazo. Pero no puedo evitar que se me llenen de lágrimas los ojos y que me comience a faltar el aire, ese que ahora a ti te sobra. Te imagino tomando el aire a bocanadas, los pulmones inflados, vivos, cantos de pájaros saliendo de tu boca. Te escucho, escucho tus cantos, los escucho a mi lado, aquí conmigo.

Hago un esfuerzo por abrir mis ojos hinchados, todavía sentada en mi cama frente a la ventana, y ahí estás frente a mí. ¿Quién dice que no funciona llorarle a los padres para que consientan a uno? Viniste. Te postraste en esa rama y no te moviste aunque el viento frío de la mañana soplaba fuerte y te revoloteaba las plumas. No te fuiste hasta que me harté de mi propio llanto y se me secaron los ojos y las pestañas. Amaru entró a mi habitación, a ver como yo seguía, él ya más calmado.   
-Mamá, ¿qué haces?
-Aquí mi amor, que plurrio vino de visita.


 Fotos tomadas desde mi ventana.


Sunday, September 29, 2013

Vedi Napoli e poi muori













 For the first time after visiting a city that I love, I felt no nostalgia coming back home. No fantasizing about relocating there, no thinking I can find that sough-after balance in that place, no yearning to stay. As I dragged my luggage down the steep stairs of our graffiti decorated building near Piazza del Gesú Nuovo, I felt swollen with experiences that I know I’m far from understanding. My family was staying for a few more days in Italy and I was taking a cab to the train station, on my way back to New York. We had arrived to Napoli just three days before, after visiting Rome and Venice. North Italy had been beautiful so far, but where was the magic everyone promised?

I felt privileged and relaxed while we walked and dined in the streets of Trastevere in Rome, the rustic buildings draped with lush vines, shiny cobblestones under my feet and soft jazz oozing from some street corners. The ochre colored buildings of Rome made me feel calm and tiny, like a hung painting in a museum. Pristine, elegant, refined.  Venice only exacerbated that feeling, as if someone had carefully plotted and fabricated a unique experience that was sure to make me feel special. But it never did.

As the cab driver loaded my bags in his white minivan, I turned around to say goodbye to my family; I hugged Josie last, and when she approached me I felt my mouth dry up and both our eyes filled with tears. We embraced urgently, both knowing how much this trip had given us. This was the third time I cried during my short stay in Napoli. What is it about Napoli?

Maybe it is how much of my Dominican identity I see reflected in the effusiveness and passion Neapolitans have. How we both talk with our hands, kiss loudly and how men’s asses look perfectly plump in those really tight jeans. Perhaps it’s the tone of our voices; how a perfectly normal conversation can be misconstrued as a heated argument and quickly turn into one. Every detail and gesture about the way they communicate is pure pleasure to me; how they frown and swing their fingers forward as they speak and how tension-filled flirtation of youth in the street includes gentle slapping and pulling of hair, like a risky and passionate dance, heart to mouth, no filter whatsoever. They like you, they whistle and let you know it; they’re pissed at you, they will let you have it; they want to kiss you and they’ll tongue you down in public, gently tugging at your bottom lip and embracing you tightly at the waist, making foreigners jealous and wishful for a similar treatment.

Despite what north Italy thinks, Neapolitans are the masters of authentic living. I witnessed time spent sincerely in things that really matter: dutiful work, loud and prolonged chatter in the street, endless vivacious outings with friends and good beer, embracing and kissing a loved one by the sea shore at any given hour, sharing an impossibly delicious meal with family. Napoli is full of awe-inspiring churches, landscapes and piazzas, but its core beauty lies in their ordinary life and how everything in that city is lived authentically and uncomplicatedly. For the first time during a trip I felt I wasn’t retreating to another reality to lessen the burden of my own; this wasn’t escapism or leisure, it was an education.

On my cab ride back to the train station, I opened the window and let the breeze and humidity ruin my hair. I remembered my first meal in Napoli at Sorbillo, and how I cried because of a profound sense of belonging there, of sharing a desire to live “well”, in the amplest sense of that word. I also remembered the Amaretto I drank with my cousin Marianela on my last night in Napoli, at that literary café in Via dei Tribunali, and how it pleasantly burned my throat as I cried telling her that I was beginning to understand what family is, and how I wished I had brought my son Amaru with me. 

As we approached the station, I tried to communicate with the cab driver in a horrible Italian, tears still rolling down my cheeks, telling him that his city is so beautiful and that I will never forget it. It feels paradoxical that the city I loved most in Italy did not intoxicate me with an excessive happiness; there was so much joy, but also calmness to it, the kind that you feel when you have already learned how to love without letting irrational passion ruin it. This feeling was taught to me in Napoli the first day I arrived, when we approached a man selling Maradona memorabilia and other soccer paraphernalia. While looking for a shirt for my son, I saw a black one with a stencil of Maradona's face and it said: "Chi ama non dimentica"; when I asked the man what it meant, he said: El que ama nunca olvida. When we got to the station, I closed the cab door and dried my eyes with the sleeves of my sweater, profoundly understanding what he meant.





Thursday, November 29, 2012

A Fernando, por enseñarme a vivir






 
25 de Agosto, 2012
1:04 AM
Erika:   Hola Fernando,

No sé si te acuerdas de mí, pero soy esa muchacha que trabajó contigo, la que siempre te molestaba para que hablaras francés con ella, esa, la del francés horrible.

Recién vi unas fotos tuyas en Facebook y me di cuenta que estás pasando por un momento de enfermedad. Aunque nos conocimos solo brevemente quiero que sepas que te recuerdo con cariño y que te mando muy buenas vibras para este momento difícil. Vi una foto tuya, parece ser luego de ser operado, y tenías una sonrisa hermosa...esta foto me ha tocado el alma y me la encuentro hermosamente inspiradora. Eres una persona muy valiente y de un lindo corazón.

¡Te mando mucha mucha fuerza y un gran abrazo!

Cariños, 

Erika

3:01 AM
Fernando: Erika!!!!

¿Cómo crees que no voy a recordarte como parte de mi vida?!! En momentos difíciles como este,  lo que uno está pasando lo hace apreciar muchísimo más las experiencias que se han tenido y a las personas que te han acompañado, y tú eres una de ellas Erika. 

Trabajar allí no hubiera sido tan motivador sin ti, en serio Erika. Creo que tenemos muchas perspectivas compatibles y me hubiera gustado mucho quedarme en NYC y desarrollar una gran amistad contigo, pero bueno, no se puede hacer todo lo que UNO quiere ¿no?

Ahora estoy en Houston, Texas,  tratandome de cáncer cerebral…y bueno, así es ahora. 

Un abrazo y besotes grandotes Erika. 

Fer

 26 de Agosto, 2012

11:10 PM
Erika:   ¡Qué lindo escuchar de ti! 

Si vienes a NYC llámame, me encantaría verte...La vida a veces es muy absurda, pero en esos momentos incomprensibles hay mucha belleza y una oportunidad enorme de trascender lo que habíamos imaginado posible. Te deseo mucha fuerza, y energía para tu proceso, y ojalá sientas toda la energía linda que te mando en este momento.

Un abrazo apretado y muchos besos

30 de Agosto, 2012

12:24 PM
Fernando: 

¡Tus simples palabras ya me llenan de energía y fuerza para seguir luchando! La vida es bella Erika, es una posibilidad de alcanzar estados de felicidad nunca antes imaginados. ¡Es ya un destino privilegiado llegar a esta nuestra existencia en este mundo! 

Yo voy a regresar a NYC de todas maneras, así que ten seguro que te buscaré. ¡Sería en serio genial poder volver a verte! Seguimos in touch Erika y te mando un besote y abrazote juntos. 


5 de Septiembre, 2012

8:41 PM
Erika:  
              ¡Espero que sigas muy bien y que hayas pasado 
              un cumple hermoso!

Te mandé de regalo por correo la película el Lado Oscuro del Corazón, ojalá que te guste, es algo que me ha inspirado a seguir luchando por la libertad y vida más importante: la interna, la espiritual.

¡Te mando un abrazote y besos!


17 de Septiembre, 2012

1:13 PM
Fernando: 

Allí me encantaría llegar, a la libertad de la muerte que me visitará muy pronto. Máximo 6 meses. Así es la vida o lo que queda de ella. Ojalá pronto en algún momento podamos cruzarnos en Skype.

Un abrazo grande


17 de Septiembre, 2012

1:22 PM
Erika:    

Te quiero mucho. Hoy recibí tu paquete y tus fotos, y el rico chocolate que mandaste, al que ya le comí un buen pedazo. Te ves pleno y libre en tus autoretratos que me enviaste; aquí te mando un autoretrato mío con el tuyo. Ahora te tengo conmigo en mi casa, a través de tus fotos; puse una en la nevera y otra en el espejo donde cuelgo las llaves. Me gustaría irte a visitar a Texas, me daría mucha alegría compartir contigo.


18 de Septiembre, 2012

2:25 PM
Fernando: 

Me haría mucho muchísimo muy feliz tener la posibilidad de verte nuevamente y poder compartir el desafío filosófico y emocional por el que estoy cruzando. Conversamos cuando quieras o puedas visitarme para pasar un momento, conversación o experiencia juntos.

Besote


2:29 PM
Erika:
Yo te puedo llamar esta noche después de las 9PM. A mi hijo le gusta que me quede con él en la cama hasta que se duerma.


1ero de Octubre, 2012

2:19 PM
Último mensaje de Fernando:

Erika,

¡Te ves linda y preciosa y me muero por poder verte una vez más antes de todo! Qué lindo es ser madre... ¿no? Un abrazo y un beso grande para ti y tu hijito y ya estamos conversando.

Fer

                                                            28 de Noviembre, 2012

10:40 PM
Erika:  Mi querido Fernando,

Te me fuiste sin que me pudiera despedir, sin verte la cara una última vez. Me quedé con las ganas de darte un gran abrazo y decirte lo mucho que me diste. Verte así, sonriente a pesar de todo, con el interés en los demás a flor de piel, ávido de conectar con la gente en tu vida, me hizo entender profundamente que de eso se trata esta vida. De esas conexiones con los demás, de las historias diarias que recibimos, del amor que el otro siempre tiene para dar, de las hermosas y valiosas personas de las que está lleno este mundo.

Qué lección tan fuerte me has dado. Yo saludable y llena de vida, pero todavía me encuentro desperdiciando momentos que podrían ser sublimes, momentos que podrían estar llenos de gratitud y de admiración por el camino recorrido, con sus dolores y alegrías. ¡Cuánto nos enseña el dolor!, ¿no? Y qué maña tiene la vida de darnos el entendimiento por pedazos, irónicamente, cuando ya casi no queda tiempo para arreglar las cosas. Pero al final, son esos momentos duros y absurdos los que permanecen y los que hacen que uno se conozca profundamente  y logre aceptar esta vida tal cual.

Gracias por hacerme entender que todo puede ser un regalo, hasta las cosas horribles que nunca queremos que nos pasen. Gracias Fernando, sé que algún día después de esta vida volveré a saber de ti, y mientras tanto, como me dijiste en tu ultimo mensaje: Seguimos conversando…

Descansa en paz Fernando Aragon 1986-2012


Thursday, September 13, 2012

Cellphones: The Enemy of the Photographer. Or Maybe Not?












I resisted getting an iPhone for a very long time. As I tried to develop the habit of always going out with my camera, I knew if I got a phone with a camera I would just get lazy and photograph with my phone instead. My reluctance to this digital, fast approach to photographing was accentuated by a budding love for shooting film, which really connected me with the romanticism of letting my photographs "brew" for a while, before analyzing them and deciding if they were any good. Then, why did I get an iPhone?

The only reason I got one is because I feel you can develop your own community of photographers by using applications such as Instagram. You get exposed to the work of other photographers and get to share your photographs with the larger world; you get to participate in reciprocal feedback, which is instrumental when developing your vision as a photographer. That was the selling point for me. But, little did I know that I was going to love using my phone for photographing this much.

When photographing the streets, using a conventional camera is a serious investment of time and patience; combing your way though the people, and waiting for those magical moments is both spontaneous  and something you construct by observing long and hard. Sometimes, the moment it's perfect; you know you found your subject, but you get cursed out because you are photographing them without their permission. They cover their faces, go away, confront you, your moment is gone. Mitigating this requires one to become quick on its feet and devoting a lot of time, a lot.

This is where the cellphone started to pull me in. All of the sudden, I was able to walk the streets and photograph people in very intimate moments without getting noticed; I could get as close to their faces as I wanted to and disguise it as if I was just browsing an application on my phone. I could place the phone on some many different angles, weaving it into the moments I wanted to grasp, and immersing myself in them with very little effort. I started to see the images coming out of this practice, and was so pleasantly surprised at how true they were to what I wanted to convey. I am finally able to practice photographing more prolifically, with less hurdles than I usually encounter when I shoot with my camera.

But somehow, it still doesn't feel right to photograph with my phone; I feel as if this medium is a not a valid one, an easy one, a sure path to truncating my eye as a photographer. Also, all these other concerns arise: there's no real depth of field to these photographs, the lack of desirable texture and that lovely film grain, the limited print size. All of these are real limitations. Yet, these images I have taken with my phone speak to me, and to my intentions. I don't know if this is an extension of our modern tendency to cut corners, to choose the easier path, or if this is just the unexpected, beautiful discovery of another medium just as valuable and respect-worthy as the analog and digital ones.

(All photographs taken with iPhone)

Monday, August 20, 2012

Sobre el Dolor

Llegué por el dolor a la alegría. Supe por el dolor que el alma existe. -José Hierro





Sunday, July 22, 2012

Pushing Forward







 I could find a million analogies to describe the place I am in: deafening silence, sinking body, closed gate, swimming in tar... I am stuck. Like when you sit in a chair that is too small, clinging to your butt after you stood up; like a lingering, bad smelling perfume sprayed on you without your consent; like an accelerated heart palpitation that won't slow down. I know these feelings well. I have been sitting with them patiently, befriended them, asked them questions that often go unanswered. I have been trying to find ways to push forward and let go of that which does not exist anymore. I keep telling myself mantras of acceptance to no avail.

These past months I have realized that somehow, this painful place brings comfort because of its familiarity. It's such an inviting place, really. A place that allowed you to grieve, to cry your losses, to be vulnerable. But it's also one that can suck you in so easily into its sweet inertia. I have been trying to pull myself out of it, and many days I am successful at it. But there are other days that despite my strongest efforts, I lack the strength to move on. There are days where the awareness of just how broken certain things are is so devastating that crushes any motivation I might have. In these moments where I think I have nothing left to give, where I can't pull myself out, I see blinding glimpses of light, I see him running toward me, I hear my son. I observe him closely, I see his innocence, his elongating body, his curious big eyes devouring the world around him. With his unstoppable growth, I see him switch from one stage to the other so eagerly, so swiftly. I see him develop an interest and then dropping it, wanting to be a fireman one day and a cowboy the next, moving on to the next thing without hesitation. The contrast this creates with my adult life makes me ask myself: when and why did we loose this openness as adults? Why do we oppose change so much? When did we develop this numbing need for stability?

It is often us parents setting the example for our kids, teaching them the indispensable lessons. But the simplicity I witness in how my son inhabits his world is one of the greatest teachings I am receiving for moving on. His childlike openness, his joy, his dependence on me, its such a powerful reminder that life gets renewed every second, you get an opportunity with each loving act you offer another person. This exposure to my son's development and growth makes me resourceful in my process, and its the greatest testimony that life keeps pushing forward... it can never stop, and neither can you.

Thursday, May 17, 2012

Petición al Río de la Plata


Me rehuso a rezar cuando duelo; me rehuso a los espejismos, al escapismo. No hay otra forma de superar el dolor que sentarte con él, sentirlo, dejar que te tome por completo, que te paralize, que te encoja el pecho. Conocerle, saborearlo, maldecirlo.

No hay atajos, sólo una calle que lo parte justo a la mitad. Ahí mismo me encuentro yo, en esa calle gris de viejos adoquines. Camino esa calle de piedras viejas y me encuentro frente a tu imponente vastedad. Ahora, Río de la Plata, te pido que seas mi única deidad, que me arrulles con tus olas. Que calientes mi cara con el sol que brilla plateado sobre ti, que acogas mis pies cansados sobre las rocas de tu orilla, y que tu vaivén constante me haga entender el fluir natural de la vida, al cual parezco oponerme fervientemente. En una de tus ráfagas húmedas, llévate mi corazón roto y húndelo en tus aguas. Deja que lo besen peces de colores. Devuélveme la levedad, así tal cual flotara sobre tus aguas.  Arrójame los trozos perdidos de mi vida con tu magia de sosiego, antes de que el atardecer caiga y tenga que irme de Colonia.

Foto tomada en el Río de la Plata. Colonia, Uruguay.

Monday, May 14, 2012

El Tango del Duelo

El registro de todos los pequeños detalles me devolvía la sonrisa. El círculo de lucecitas de colores sobre mi cabeza, las paredes rústicas teñidas de luces rojas, el rasguño de los tacones sobre el piso de madera. Comienza la milonga, el triste arrastrado del bandoneón, y yo estoy parada en la orilla de la pista, con los hombros tiesos y los ojos sin brillo, sin saber qué hacer. Nunca antes había bailado tango. No se supone que estuviera sola en esta milonga, ni en Buenos Aires, ni en este viaje.

Se acerca un señor vestido de negro y de sonrisa sincera. Me extiende la mano a la altura de mi cintura y me pregunta: ¿Bailás?

Le digo que sí, insegura de poder bailar bien. Me toma de la mano, y su piel es tibia y suave, reconfortante; desliza la otra mano hacia mi espalda y recuerdo cuanto me gusta esa cercanía sincera y amorosa con otro ser humano. De a poco se acerca y encaja su mejilla sobre la mía, desde dónde puedo sentir su respiración tranquila y lenta, mientras una bocanada de aire suya abarca dos mías. En ese momento, desde tan cerca, siento su perfume, sutil como su respiración.  

¿Estás nerviosa?- Me pregunta.  

- Le digo. No sé como hacer esto. Yo estoy acostumbrada a otras melodías, no sé como seguirle el ritmo al tango. Estoy perdida.

Unos segundos después, no cuando yo lo esperaba, me responde: Tranquila, el peso cae sobre un pie o sobre otro, no hay manera de equivocarse, sólo hay que caminar.

Yo comienzo a seguirle los pasos; tengo miedo de hacer el ridículo frente a tantas personas capaces bailando en la misma pista. Miro mis pies para no equivocarme. Lo piso. Me disculpo.

Le digo frustrada: la verdad es que no sé como hacer esto, discúlpame, sé paciente conmigo.

Con su sonrisa leve, me mira a los ojos, mi mano ya tibia sobre la suya: No, tú sé paciente con el tango y déjate llevar, déjate llevar...me dice esto y comienza a caminar la pista conmigo. Él avanza, yo retrocedo, abrimos de lado y sigue diciéndome...déjate llevar, déjate llevar y ahora cierra los ojos...  Pero cómo voy a cerrar los ojos -le contesto- ¡Me voy a caer!

Como encontrándose triviales mis inquietudes, me dice: No te preocupes, la música te irá mostrando hacia dónde ir, sólo cierra los ojos y escucha.

Decido escucharle y tenerle confianza. Él me sostuvo y cerré mis ojos...todo se puso negro, quedando así sólo la música y su respiración lenta, exhortándome a tranquilizar la mía.

Allí, en esa milonga, triste y sola, con un perfecto extraño y los ojos cerrados, comencé a soltarlo todo, a transpirar mi dolor, y a tratar de caminar tan sólo con el compás que me marcaba el bandoneón.

Tuesday, April 24, 2012

El Perrito y Yo

El otro día me senté a descansar en el Parque Vicuña Mackenna de Santiago. A unos metros de mí había un perrito sentado en el pasto. Como ambos estábamos sólos, le silbé para que me hiciera compañía. Él se recostó a mi lado, y sus patitas rotas e hinchadas me acordaron lo cansada que me siento de tanto viaje, de tanto mirar hacia adentro. Le acaricié su guatita hasta que se durmió, deseando al hacerlo, un descanso igual para mí.

Tuesday, March 13, 2012

El Regalo de un Robo





Finalmente Bogotá me regalaba un día soleado. Habían pasado casi diez dias desde mi llegada a Colombia, y todavía no lograba desprenderme de la nostalgia del recién llegado. Me estaba acostumbrando a todas las novedades: mi nuevo apartamento, las calles de mi barrio, como transportarme en esta enorme ciudad. Llegué con unas ganas inmensas de salir a tomar fotos, de conocerme Bogotá de punta a punta, hasta pensé en hacerme un horario de caminatas citadinas para aprovechar al máximo mi estadía. Pero extrañamente, no quería salir de mi apartamento; hacía mercado y regresaba al instante, iba al cine en Iserra 100 y regresaba a casa con prisa para chatear con mis amigos. Aveces, de la nada, se me salían las lágrimas mientras almorzaba con mi novio o mientras caminaba sóla de regreso a casa. Nunca había vivido en otro país que no fuera República Dominicana o Estados Unidos. Me sentía nostálgica.

Pero ese jueves, motivada por mi caminata por todo Chapinero el día anterior, salí con mucho brío a disfrutar el sol y finalmente comenzar a conocer Bogotá. Tomé el transmilenio y me bajé en la 76. Caminé por Chapinero, pasé Unilago, me comí una hamburguesa Costeña en El Corral de la 15, vi a los mariachis reunidos cerca de la 57. Bajé por la 14, partes de esta enmantelada de hermosos graffitis; algunos protestando por una mejor educación, unos pro-Palestina, y otros de pájaros y personajes multicolores escalando las paredes del Colegio Manuela Beltrán. Seguí bajando, hasta las cuadras llenas de gatitos y perritos en venta; hasta la Plaza de Lourdes con sus palomas; hasta la tiendita dos cuadras de allí en donde me tomé una aromática con sabor a maracuyá.

Hablé con muchas personas y los retraté: a la niña en su uniforme de colegio que se escondía debajo del puesto de dulces de su papá, a los dos indigentes en un parque cerca de la 51, sentados con su perro color soga llamado Whisky, al muchacho que sostenía 4 globos que decían I love you y se escondió detrás de los mismos cuando apreté el botón de mi cámara. Finalmente, en este día, había podido hacer conexión con la ciudad y con su gente. Caminé hacia el centro, dirigiéndome a la estación del Museo del Oro para tomar otro transmilenio de camino a casa. Eran las seis de la tarde, el cielo estaba oscureciendo color naranja y me sentí agradecida por este día en Bogotá y porque quedaba su recuerdo en las fotografías que tomé.

Llegué a la estación de Museo del Oro, y estaba repleta con estudiantes y personas saliendo de sus trabajos. Casi no podía caminar del gentío, pero feliz de al fin sentirme como parte de la ciudad. Llegó mi transmilenio y me subí como pude, la gente me arropaba por cada esquina; sentí fuertemente el peso de alguien sobre mi espalda, y para no caerme tuve que agarrarme de la barra metálica sobre mi cabeza con las dos manos. De pronto, salen tres personas del bus, se abre un poco de espacio y se cierran las puertas. El bus avanza y puedo pararme a recojer mis lentes que habían caído al suelo; me ajusto la cartera la cual se sentía repentinamente liviana y no puede ser... me robaron la cámara.

Por los próximos días alterné entre llorar incesantemente, sentirme estúpida, culparme por haberme relajado, e incubar un terrible miedo: el no poder sentirme otra vez así en Bogotá, como me sentí ese día. La frustración me carcomía. Me dolió que me robaran la cámara, pero me dolió aún más que se llevaran el registro de la comodidad y alegría que pude lograr en la ciudad. Me robaron el recuerdo y ahora no me queda nada.

Todo esto me puso a pensar que, los momentos valiosos como el que viví el jueves no son sostenibles. Pasan esporádicamente y así mismo se esfuman, y aunque es preciado tener una fotografía para revivirlo, lo más valioso que podemos sacar de ellos es el privilegio de haber estado presente y de haberlo vivido. Es muy alentador saber que ese privilegio nadie te lo quita. Lo bueno de perder algo es que la pérdida siempre trae consigo algún regalo. Mi pérdida me regaló el uso de una vieja cámara análoga, y la disposición de habitar los pequeños momentos con gratitud, a sabiendas de que no durarán para siempre.

Fotos análogas tomadas en nuestro lugar favorito en Bogotá, La Puerta Falsa.